Sexto de línea con ombú

Sexto de línea con ombú

Los perros juegan a ocupar todo el espacio y mirar de reojo las ruedas caras que merecen una meada.

Los niños –que a veces son también adultos, también delincuentes, también padres, cocineros, soldados, amantes, jueces, imputados, desahogo, experimento, bulto, maquinas de ejecución, a veces ingenieros populares, a veces solo son- se entretienen siguiendo un cosa redonda y echándose uno que otro piropo periférico al compañero “hijo de la perra, eri entero perkin pirulo” mientras rocío les observa y yo les oigo sentada en la plaza obscura (con poca luz para la gente obscura), que con bancos fríos de fierro, y de color verde obscuro, acoge a quienes se dan el tiempo de rasguñar la noche y llorar junto a ella sus miserias. 

Una niña va gastando sus zapatos en la vereda del ombú, le sonríe al perro cachorro negro, que juega unos pasos más allá molestando a un perro viejo (cuando no está rascándose las orejas peladas con lunares enguatados con sangre), se detiene un momento y luego sigue. A saltos alcanza a la mujer de falda larga, nalgas caídas como la sonrisa, perdidas ambas en alguna infancia que pareciera tan lejana y borrosa, “tan lejos de mis piernas cansadas que se arrastran soportando la enorme dicha del día adía”. Responsabilidades, sensación de eternidad y disolvencia impregnan el aura de la mujer seria y severa.

Una masa negra se mueve un poco más allá, al ritmo del “tum -tutum-tum- tum -tutum tum tum/”, que también se oye del auto enorme que está afuera de esa casa verde sostenida por tres palos. Se oyen ladridos, se oyen gritos, se oye la micro frenando, se oyen pisadas sobre las piedrillas de la plaza, papel quemándose sutilmente, mi respiración, mis latidos, el perro que pasa a mi lado, una bocina, un silbido, unas risas a lo lejos, un auto partiendo… y ellos me oyen, todos nos oímos y observamos cada tanto. Huele a humo, ha porro recién molido y prendido, a colonia dulce, a perro mojado, a meado, un poco a fierro caliente, otro poco a agua estancada. Huele a nada.

A mi lado un trozo de género, una blusa al parecer, atrás de mis pantorrillas un perro ruliento que me evade y no se conmueve con mi voz de idiota, sobre mi cabeza un mundo que chilla y una luz amarillenta. Al otro lado… la calle, que lleva pisadas firmes en sus espalda y una que otra micro, sostiene recuerdos y reflexiones quizá un tanto melancólicas, ahí en esa banca, un día despues de cumplir 23, defino mi vida en todos sus aspectos, esa vida medio sombreada, medio ida, la mastico, saboreo el amargor y se la escupo al mundo.

(Reisel, con un cigarro en la comisura de mi cuerpo)

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