pausas severas y silencios agobiantes

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¡Si señorita asistente, aquí vivo, ahora deme la beca y lárguese!

 

¡Bah! La ventana no hace más que chocar mis ojos contra unos ladrillos viejos que albergan unas 20 arañas. Arañas negras con el trasero más gigante que la vecina de la esquina, arañas que no salen a mirar el sol, de hecho, solo se dejan ver cuando se anticipa un banquete o un pelo humano las engaña.

 

Mi casa es chica comparada con las casas de más al norte, sin picina gigante, con un patio de cemento, con pared de cemento y cobertizo para protegernos de las balas o los rayos equis de las bisagras del sector, sin una vista al mar o a la calle o al bello barrio, o al sol, sin segundo piso, sin hall, sin jardín, sin agua temperada para lavar los platos, sin esquineros que suavicen la división de los espacios, sin caras alegres, sin cerveza en el refrigerador, solo ceniceros atochados, solo cuerpos que caminan, ocupan los espacios, y duermen, y ven tele, y a veces intercambian palabras vacías, con ojos vacíos que recorren otros lugares quizá vacíos, quizá olvidados, quizá inexistentes…

 

Mi casa, que no es mi casa, quizá hace un tiempo lo fue, me hace encolerizarme a veces sin motivo, no por su cuerpo, sino sus órganos… La verdad es que a estas alturas nada hace mucho más daño. Hay que reconocer sí, que aveces hay momentos tibios, cuando alguna burbuja nos encierra en una atmósfera distinta, nos desenvolvemos suavemente en ella y luego el aire sigue su ritmo y consistencia. Mi singular experiencia no representa más que mi espíritu asqueado y sin caricias.

 

Mi pieza GIGANTE de 9 metros cuadrados –si, ocupo la ironía- me hace sentir tranquila, aunque las paredes delgadas no alcanzan a aislar las discusiones absurdas con tonos exagerados, que vuelven mi cerebro un chicharrón y mi piel una nena a la que le duele hasta roce de un viento de verano. Mi pieza se comparte entre la cama, un mueble que me regaló uno de mis padres (que en este instante está a unos metros, en el sofá, con el equipo fuerte viendo alguna película) cuando vivía sola, –muestra de cariño que recién comprendí hace un año, ¡que bruta! cuando uno se da cuenta tarde  de las cosas el amargor no se endulza-, sobre el mueble hay una montonera de papeles, cuadernos, libros, pruebas, documentos varios y una tele –la más antigua de la casa-, sobre mi cama ropa y la guitarra que me autoregale para el último cumpleaños-tan distante estuve de la música, opacada siempre por otros virtuosos, por suerte hoy de apoco me permito embriagar el espacio-. A los pies de la cama un mueble gigante abierto; en donde guardo ropa, libros, cachureos, cremas y perfumes –gracias al gentil auspicio de una de mis madres, la más tierna- y donde mis padres guardan sus cachureos y me achican el espacio…

 

Mi pieza, que también fue “nuestra” por años, hoy es por las noches –de 21 a 3 hrs- mía, es también de las arañas, de las ratitas nocturnas que a veces visitan la casa e intrusean, de las ¡asquerosas y mal paridas cucarachas! que también salen por la noche a conocer las casas del castillo, cual pricesa, a paso lento… hasta que las sorprendo y las hecho de un chalazo –mi sensibilidad por los otros seres con sistema nervioso, funciona hasta con las moscas, pero las cucarachas, puaaaaaj!! Aún así no las mato, solo las empujo lejos y con algo de cólera a la calle, a veces las miro de lejos, para aprenderme sus detalles-… también es de los recuerdos, recuerdos de vínculos más estrechos….

 

Me siento en la cama esta tarde, a pensar – maldita necesidad camaleónica y atrapante- como si en verdad fuera después del “cogito” –y no hablo de sexo-. Quiza yo si, por eso aún existo.

 

La ventana, no sostiene ningún cuerpo a medio vestir, pensativo y suave, la ventana sostiene historias que ya ni quiero recordar. Salgo a caminar por la casa vacía, me pongo a cocer unas acelgas, pienso en comida y condimentos y salgo al patio. Mi perra vieja, con sus ojos viejos engancha sus mensajes viejos en mi pupila. Me siento junto a ella, la acaricio y hablamos de la vida, de los años que llevamos ahí en esa casa.

 

Quizá necesite un poco de poesía aérea… pero el frenesí de esta tarde tiene pausas severas y silencios agobiantes.

 

 

(Autor/a: Reisel)

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Comentarios

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